Cómo los mercados bursátiles se adaptan a los obstáculos

Cómo los mercados bursátiles se adaptan a los obstáculos

Algunos analistas parecen sorprendidos ante la resistencia de los mercados de renta variable a las amenazas que la crisis del coronavirus plantea para el crecimiento. Esta aparente paradoja merece pues una explicación, que comienza con un recordatorio del contexto para los inversores.

Por Didier Saint-Georges - En la actualidad, ya no es ningún secreto que la gestión del riesgo de deflación por parte de los bancos centrales, desde la gran crisis financiera de 2008, ha tenido unos efectos limitados en el crecimiento económico y que, en cambio, ha contribuido a que los mercados bursátiles registren una subida de proporciones históricas.

Independientemente de que se la denomine de forma despectiva «represión financiera» en Europa o quantitative easing en jerga anglosajona, no cabe duda de que la intervención sin precedentes de los bancos centrales ha rebajado los costes de financiación de los actores del sector privado pero, a falta de una demanda suficiente, no ha logrado —mediante esta única fórmula de política monetaria— reactivar las inversiones productivas de las empresas.

Y, como todos sabemos, la ausencia de inversión se traduce en una falta de crecimiento.

Por el contrario, al provocar una caída constante de los rendimientos de los activos de renta fija de menor riesgo, los bancos centrales han incentivado a los inversores para que se centren cada vez más en los activos de mayor riesgo, con las acciones y la deuda corporativa como punta de lanza.

Comenzó entonces una espiral —cuando menos, perversa— mediante la cual el continuo fracaso de los bancos centrales a la hora de atajar la tendencia bajista del crecimiento y de la inflación, al justificar la continuación de su política monetaria excepcional, siguió promoviendo la revalorización de los mercados de renta variable. Y lo que es peor: la financiarización de las economías desarrolladas ha provocado que estas últimas sean rehenes de unos mercados financieros boyantes.

Por tanto, los bancos centrales carecen de escrúpulos a la hora de favorecer a los mercados. Los inversores aprendieron así a tomarse con grandes dosis de filosofía los reveses económicos, y la ralentización económica provocada por la gestión draconiana —sobre todo en China— de los riesgos de contagio del coronavirus no constituye una excepción.


Un análisis más exhaustivo del contexto arroja algo más de luz sobre el comportamiento de los mercados

La divergencia cada vez mayor entre realidad económica y consecuencias financieras ha conllevado implicaciones de gran calado que también se han dejado sentir en el plano social y político. Una de ellas parece difícilmente cuestionable: esta divergencia, al acentuar la brecha económica entre los que son titulares de activos financieros desde hace diez años y aquellos que no lo son, ha fomentado una rebelión cada vez mayor de estos últimos que se ha materializado de manera inusitada en algunos países. Así, cabría preguntarse si Donald Trump habría resultado elegido en 2016 de no haber prometido a la clase trabajadora de los estados del Medio Oeste de EE. UU. que aumentaría sus ingresos, o si los británicos habrían votado de forma mayoritaria a favor del brexit cinco meses antes si la Unión Europea hubiese registrado un crecimiento económico más encomiable.

En la actualidad, el problema radica —por ceñirnos a estos dos ejemplos— en que ni Donald Trump ni Boris Johnson tienen la solución para el problema que plantea un crecimiento económico mundial cuyo declive resulta inexorable (y es que no se pueden reducir las inversiones productivas por doquier durante diez años impunemente). De hecho, la Administración Trump es plenamente consciente de ello y ha vertebrado su política económica en consecuencia: al considerar la actividad mundial como un pastel menguante, no duda en utilizar su posición dominante frente a sus socios comerciales para obtener una porción cada vez mayor.

Ello constituye una forma asumida de proteccionismo —o, por emplear un término más adecuado, de mercantilismo— que no cree en la tesis de un libre comercio que beneficiaría a todas las partes, sino en la de que la economía mundial constituye un juego de suma cero donde, sencillamente, los esfuerzos deben ir encaminados a alzarse con la victoria. Poco importa que el mercantilismo inventado en Europa en el siglo XVII nos haya enseñado que esta forma de nacionalismo económico es contagiosa y que, a largo plazo, todos sus acólitos salen perdiendo (y, además, puede generar fuertes tensiones entre países en forma de situaciones de guerra comercial permanente).

A corto plazo, esta postura cala hondo en el electorado, que tiene la sensación de estar del lado del futuro vencedor. A este respecto, en el caso del Reino Unido, cabe temer que quizás Boris Johnson haya sobreestimado ligeramente la fortaleza de la economía británica en la relación de poder que le enfrentará a la Unión Europea en sus negociaciones comerciales durante 2020.

Por tanto, resulta comprensible que, de entre todos los mercados bursátiles impulsados por unas políticas monetarias muy favorables, los mercados estadounidenses sean los grandes vencedores: la continuación del contexto de tipos en niveles anémicos estimula a una economía estadounidense que ya de por sí se muestra globalmente más dinámica que la del resto de regiones, el Gobierno puede financiar con facilidad un déficit presupuestario que ronda ya el 5 % del PIB y el éxito inmediato de la política comercial de Trump atrae al capital extranjero, que se invierte aún más en los activos estadounidenses.

También resulta comprensible que los valores de crecimiento, que no se ven afectados por el pesimismo sobre la coyuntura macroeconómica mundial, sigan registrando un desempeño superior y que el dólar estadounidense continúe despertando el interés de los inversores a pesar de la acumulación de déficits. Solo faltaba la crisis china del coronavirus, cuyas consecuencias económicas se dejan sentir principalmente en Asia pero conlleva que los capitales se orienten aún más hacia los activos refugio estadounidenses, lo que consolida todavía más la ventaja de EE. UU.

Puede que llegue el día en que los bancos centrales se preocupen por esta huida hacia delante que han orquestado y traten una vez más de plegar velas, como intentaron hacer en 2018. No cabe duda de que llegará el día en que los propios mercados comenzarán a dudar de la sostenibilidad de una trayectoria bursátil impulsada por la creación monetaria ilimitada a pesar de unas perspectivas de crecimiento económico mundial en declive.

A la espera de que llegue ese día, al que nadie es capaz de poner fecha, recomendamos encarecidamente a los inversores que se cercioren adecuadamente de la solidez real de la capacidad de generación de beneficios de las acciones que tienen en cartera.


Sobre el Autor: Didier Saint-Georges es Miembro del Comité de Inversión Estratégica en Carmignac